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sábado, 31 de julio de 2010

ES TAN MISTERIOSO EL PAÍS DE LAS LÁGRIMAS (Saint-Exupéry)


Antoine y el principito


"Es tan misterioso el país de las lágrimas" 
(Saint-Exupéry)

por José María del Rey Morató

            El avión que pilotaba Antoine de Saint-Exupéry cayó en las aguas del Mediterráneo, cerca de las costas de Francia, el 31 de julio de 1944. Los restos mortales del aviador francés nunca pudieron ser hallados. «Pero sé que verdaderamente volvió a su planeta, pues, al nacer el día, no encontré su cuerpo» (El Principito, New York, 1943).
            El piloto famoso y escritor admirado había nacido en Lyon el 29 de junio de 1900. Su padre era vizconde y tenía funciones ejecutivas en una compañía de seguros, su madre era una persona de gran sensibilidad artística. Cuando Antoine tenía cuatro años de edad perdió a su padre.
            Estudió con los jesuitas en Villefranche y con los marianistas de Friburgo; pero no consiguió aprobar el examen de ingreso a la universidad.
            Entró en el servicio militar y después se hizo piloto. Desde 1926 voló para la compañía Aeropostale entre Francia y el Norte de África.
            La puesta en marcha del servicio de correspondencia aérea entre América del Sur y Francia debe mucho a los trabajos como piloto y en tierra de Saint-Exupery.
            En 1931 se casa en Buenos Aires con Consuelo Suncín (25) salvadoreña, que venía de dos matrimonios en los que terminó como viuda. Es la dama que inspira sus comentarios sobre “la rosa” en las páginas de El Principito.
            Cuando llega la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) entra en la aviación militar francesa.
            Durante un vuelo de reconocimiento –que era parte de la preparación para el desembarco de los Aliados en Provenza–, su avión desapareció. Se pensó que había caído al Mediterráneo, aunque en aquellos días finales de la Guerra no se pudo aclarar el hecho.
            Para las autoridades militares la desaparición del avión de Saint-Exupéry fue un misterio durante largos años.
            En 1998, a cincuenta años de su desaparición, un pescador francés mostró una pulsera que dijo haber encontrado en la orilla del mar Mediterráneo cerca de Marsella. Tenía grabado el nombre de Antoine de Saint-Exupéry.
            Pero la gente no quedó convencida de la autenticidad del hallazgo. Las autoridades francesas, por las dudas, concentraron sus trabajos de búsqueda en el probable lugar del accidente.
            Cinco años después del episodio de la pulsera localizaron y extrajeron del mar los restos de un avión que luego fue inequívocamente identificado como el de Saint-Exupéry. Habían pasado más de sesenta años de su misteriosa desaparición.
            No quedaron dudas de que la aeronave había sido abatida en una acción militar. Seguía sin saberse quién derribó al avión. Tampoco se encontraron rastros del cuerpo de Saint-Exupéry.
            El misterio de la caída del avión se mantuvo hasta marzo de 1998, cuando un piloto alemán –que había sido apasionado lector de los libros de Saint-Exupéry– confesó haber sido quien hizo los disparos que tiraron abajo el avión francés. En julio de 1944 no supo que estaba acabando con la vida del escritor que admiraba y, más tarde, guardo esa dolorosa verdad en secreto hasta cerca de su muerte.
            Pero los restos de Antoine de Saint-Exupéry nunca aparecieron.
            La leyenda cuenta que ese destino estaba anunciado en las páginas finales de «El Principito» desde un año antes del accidente.
José María del Rey Morató 

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